Fiero Lindo
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Aún rememoro con nostalgia los primeros
días en el primer curso paralelo “D” del glorioso colegio Bernardo Valdivieso,
donde cada recuerdo está tejido con los rostros entrañables de aquellos que
marcaron mi juventud. Los nombres de mis primeros profesores resuenan como un
eco en mi memoria: el meticuloso profesor Francis Moreno en Matemáticas; la
profesora Enma Valarezo, que hacía de la literatura un viaje emocional; el
profesor Darío Eguiguren, quien convertía los Estudios Sociales en una ventana
al mundo; el profesor Kléber Simancas, quien inculcaba el cuidado de la naturaleza
en Ciencias Naturales; en la asignatura de Dibujo, la profesora Mariela
Vallejo, ejecutaba las mejores intersecciones con su compás de madera en la
pizarra; la recordada profesora Blanca Alvear en Inglés, y el carismático
profesor Vásquez en Educación Musical. Junto a ellos, mis compañeros de
travesuras y aprendizajes: Dalton Moncada, Jimmy Carrera, Edwin Murillo, Carlos
Patiño, Jhon Sarango, Diego Faicán, Oscar Armijos, y mi primo Patricio López,
quienes colorearon esos años con risas y camaradería. No podrían faltar los
personajes inolvidables que animaban cada rincón del colegio: Pajarito, siempre
tras la barra del bar; “Castrito”, el conserje diligente; y el inconfundible
“Chiflero”, custodiando la entrada principal con su peculiar silbido.
Entre todos los recuerdos, destaca la
figura del profesor de Música, quien llegaba puntualmente en su bicicleta Royal
roja, visiblemente cansado, pero siempre entregado a su pasión por enseñar.
Fiero Lindo, como cariñosamente lo llamábamos, marcaba el inicio de cada clase
secándose el sudor con su pañuelo, dejando entrever su dedicación y seriedad
por transmitir su amor por la música. Varios compañeros repetidores ya sabían
de su seudónimo: Fiero Lindo, apodo que, en realidad, de alguna forma, lo
relacionaba con su actitud, ya que era fiero y lindo a la vez, pero muy
carismático, de lo cual estarán muy de acuerdo todos aquellos Bernardinos que
tuvimos la oportunidad de conocerlo.
Luego de llegar en su bicicleta clásica,
Fiero Lindo la dejaba arrimada en la pared cerca de la puerta de entrada del
salón de clases por temor a que algo le hicieran a su inseparable vehículo. Ahí
esperaba pacientemente que se terminara el recreo y el sonido de la sirena para
empezar su cátedra. Un día nos llamó la atención, ya que por primera vez
entraba al salón de clases con su bicicleta; aquella ocasión la arrimó junto a
la pizarra. Al dirigirse a la audiencia, nos dimos cuenta de que algo le había
pasado, ya que tenía colocados algunos esparadrapos en la cara. Cuando terminó
la clase, algunos compañeros empezaron a relatar lo que había sucedido, con la carcajada
respectiva, por supuesto. Anteriormente, varios estudiantes de otros paralelos
no habían podido entrar a clases de música, porque Fiero Lindo no les había
permitido el ingreso; por ello, esos traviesos decidieron jugarle una broma y
quitarle los frenos. Más tarde, se sentaron en la parte alta del
establecimiento y esperaron a que Fiero Lindo, trepara su bicicleta y tomara la
pendiente calle abajo. Al rato, Fiero Lindo, con la bicicleta descontrolada,
desapareció por la avenida principal pidiendo auxilio para detenerse por la
velocidad que había alcanzado. La escena provocó risas y complicidad de todos los
presentes.
Otro recuerdo imborrable fueron los días
previos al carnaval de 1981, cuando esperábamos ansiosos el sonido de la sirena
para salir al recreo; a toda carrera pasábamos directo al fondo del edificio,
en donde se encontraban los baños y los grifos para llenar las bombas con agua.
Desde ahí empezábamos a lanzar los bombazos a todos quienes se encontraban
comprando en el bar de Pajarito. Todos estallábamos de la risa al lanzar las
bombas; incluso, a más de algún despistado, el pastelillo que compraba se le
iba al piso. Parece que aún puedo escucharlo a Pajarito, que con su voz débil
nos decía: “!Ya muchachos, déjense de pendejadas, no ven que me están jodiendo
la venta, si no me hacen caso, lo llamo al inspector Aquiles Simancas !”.
Luego, haciendo palanca con su dedo índice, lanzaba al basurero la tapilla
doblada de las gaseosas que destapaba.
Ya con la advertencia que nos hizo
Pajarito, por temor al “Loco” Simancas, y no teniendo a quién lanzar las
bombas, alguien dijo: “Mírenlo a Fiero Lindo”. Efectivamente, Fiero Lindo, como
siempre, estaba esperándonos arrimado junto a la puerta del aula, con un pie en
el piso y el otro apoyado en la pared, esperando que se terminara el recreo.
Claro, también junto a su inseparable bicicleta. Así, decidimos apuntar
nuestras bombas hacia Fiero Lindo; el lanzamiento coordinado sorprendió al
profesor. Alguien tuvo tanta puntería que una de ellas le cayó justo en el
rostro, causando un estruendo que resonó en todo el colegio. Luego, por el
efecto dominó, su cabeza golpeó la pared. A unísono, soltamos las carcajadas mientras
corríamos desesperados tratando de escondernos, mientras el profesor se
recuperaba del inesperado ataque acuático.
Cuando regresamos al salón de clases, luego
del sonido de la sirena que nos anunciaba que el recreo había terminado,
encontramos a Fiero Lindo masajeándose y secándose la cabeza con su pañuelo.
Mientras tomábamos algún pupitre para sentarnos, todos nos mirábamos de manera
disimulada, intentando contener la risa. Y no hay nada más provocador que la
risa contenida. Así, se nos pasaron algunas horas, las cuales eran suficientes
para hacernos un día divertido.
Recordar estos momentos evoca una mezcla de
ternura y nostalgia por esos días en el Bernardo Valdivieso, donde cada
personaje, desde los profesores hasta los amigos y los entrañables personajes
del colegio como Pajarito y “Castrito”, contribuyeron a formar los lazos que
aún perduran en mi memoria. Fiero Lindo, con su bicicleta roja y su pañuelo
siempre a mano, sigue siendo el símbolo de aquellos tiempos donde la
complicidad y la picardía marcaban nuestras vidas de una manera única y
profunda.

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