El Nadador Cara Sucia
En vísperas de ingresar al glorioso
Bernardo Valdivieso en el año de 1980, mi madre, debido a sus ocupaciones, le
pidió a mi tío Víctor que me ayudara con los trámites de inscripción. Él
también estaba empeñado en matricular a su hijo, mi primo Patricio. Entre los
requisitos estaban los exámenes médicos; así que tuve que levantarme a las 5:30
para acudir al Centro de Salud Número 2, en el barrio El Panecillo. Cuando
llegamos, las colas parecían interminables. Veíamos cómo los primeros chicos
que ingresaban salían con el brazo extendido, cubriéndose la herida del
pinchazo con algodón; Nos preocuparnos, ya que nunca antes nos habían
introducido una aguja en las venas. Sin embargo, al ver que algunas muchachas
ya habían pasado por el examen, tomamos valor.
Finalmente, logramos completarlos trámites y comencé mis clases en el paralelo “D” del colegio. Al principio, todo era distinto: compañeros totalmente desconocidos, excepto mi primo Patricio, nuevos profesores (uno para cada asignatura) y un agotador horario vespertino. En la primera jornada, todos cabeceábamos de sueño frente a los profesores. Entre mis nuevos compañeros estaban Oscar Armijos, el colorado Mendoza, Dalton Moncada, Carlos Patiño, Diego Faicán, Edwin Murillo, Jhon Sarango entre otros. Mi primo Patricio solía llegar tarde a clases porque pasaba por mi casa para ir juntos al colegio.
En los recreos, siempre acompañado de mi primo, observábamos desde la parte alta del colegio las aguas cristalinas de la piscina, que en aquellos tiempos aún no tenía cubierta. En las calurosas tardes, deseábamos sumergirnos en esas aguas, pero la piscina estaba fuertemente protegida y las autoridades imponían severas sanciones. Sin embargo, nuestro deseo de refrescarnos superaba las restricciones, y eventualmente encontramos la manera de darnos un chapuzón.
Con el tiempo, algunos compañeros corrían a la parte posterior del edificio durante los recreos para disputar emocionantes encuentros de “bolitas de cristal”. Usando el taco del zapato como centro, trazaban una circunferencia para iniciar la competencia. Pasaron días o semanas hasta que, en una de esas horas libres, vimos que algunos muchachos disfrutando de la piscina. Sin pensarlo dos veces, trepamos las paredes y nos metimos al agua con nuestra propia ropa interior ya que no disponíamos de pantalón de baño. Despacito nos metíamos a la parte baja de la piscina para intentar dar las primeras brazadas para aprender a nadar; pronto las autoridades impusieron más restricciones para evitar el acceso, y los inspectores amenazaban con reducir nuestras calificaciones en conducta.
La gana de estar en el agua no nos la quitaba nadie. Aprovechando algunas horas libres y escapándonos de clases, frecuentábamos la piscina tradicional de El Valle. El único sucre que teníamos para el recreo lo invertíamos en el transporte con el fin de llegar lo antes posible. En esas escapadas, mi primo Patricio se convirtió en un experto nadador, haciendo saltos desde el trampolín y compitiendo con otros nadadores por monedas lanzadas al fondo de la piscina. Con las monedas ganadas, comprábamos chifles con ají rocoto que un vendedor con su clásica canasta de carrizo nos ofrecía en la puerta principal. Disfrutábamos del sol y la natación, olvidándonos de las clases. Sin saberlo, para nosotros, esa parte de nuestras vidas, era felicidad.
Sin embargo, mientras el sol se ocultaba, venía la lamentación y el arrepentimiento por nuestras escapadas y las mentiras que generábamos, en fin, la conciencia nos invadía. Una tarde de regreso a casa, por la preocupación del primo Patricio, aconsejé que ocultara su apariencia de recién bañado con polvo acumulado en el piso y se lo untara en su cara. El remedio resultó peor que la enfermedad, ya que su cara extrañamente sucia levantó sospechas. Nadie lo salvó de los chicotazos de ese día.
Así, aquel nadador de cara sucia y yo
fuimos aprendiendo a diferenciar entre lo bueno y lo malo, entendiendo que la
mejor opción era combinar el deporte con el estudio, y atendiendo los consejos
de los mayores.

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